Mi cosecha

Desde hace algunos meses logro disfrutar más de la vida.

Con esta frase quiero decir que tengo una mayor conciencia del mundo que me rodea. Por ejemplo, el otro día estaba dando un paseo con mi marido en la localidad I Pradiei, un recorrido circular en medio de una extensión verde que tiene como telón de fondo los distintos pueblos del valle y, en el horizonte, una cadena montañosa. Créame, es un paisaje de postal.

En un cierto punto había un árbol; luego descubrí que era un abedul. Cuando lo vi me impresionó mucho su follaje teñido de amarillo y, sobre todo, intensamente iluminado por los rayos del sol que aquella mañana brillaban en el cielo azul. Mientras lo contemplaba, maravillada por esa belleza otoñal, me di cuenta de que soplaba un viento suave; lograba escucharlo, una melodía alegre mientras veía las hojas como si danzaran. Fue un momento de profunda conexión con este territorio, con la naturaleza, con la vida. Me sentí tan agradecida por esta experiencia que me invadió una sensación de plenitud y alegría. Decidí grabar un video, con la intención de enviarlo a mis hermanos en Colombia y mostrarles las maravillas del otoño.

La semana siguiente, después de una pausa forzada de unos tres meses, retomé el trabajo. Mientras reflexionaba y buscaba en mis escritos una idea para continuar el proyecto iniciado en primavera, encontré el poema Susurro de otoño.

Me di cuenta de que era el momento perfecto para dar espacio a esta historia.

En el año 2009 hice un curso con la Provincia de Trento para convertirme en educadora en guarderías infantiles. Fue un curso intensivo de un año y, hacia el final, escribí un cuento de hadas titulado Diecinueve princesas y un hada. Se trataba más que nada de las memorias de los acontecimientos más significativos que habíamos compartido en aquellas mil horas en el palacio, como decía en algún renglón. Lo regalé a mis compañeras y a nuestra coordinadora como recuerdo de aquella experiencia.

Estos recuerdos estaban acompañados por dos poesías. En la primera hago referencia a mi gusto por escribir; en la segunda quise reflejar el hecho particular de que en nuestra aula de estudio yo era la única madre, la única extranjera y también la mayor.

Cuando leí esta poesía después de tantos años, me vino a la mente el video que había grabado del abedul unos días antes. La coincidencia quiso que hubiera un eco muy fuerte entre esta poesía y las imágenes, las sensaciones, la belleza y la gracia del abedul que encontré en I Pradiei.

Pero hay algo nuevo. En aquel documento de 2009 las dos poesías no tienen títulos; solo hay un título general en la primera página —más bien en la segunda, después del índice—: “La luna saluda a las princesas”.

Han pasado dieciséis años. Como suele decirse, ha corrido mucha agua bajo el puente. ¡Y cómo! En aquella época tenía 39 años, y pensando en cómo vivía mi vida entonces, puedo decir que andaba por el mundo con la actitud de quien debe defenderse, quizá de quien quiere huir, de quien vive la vida como una lucha. Ay de mí, una lucha con sus conquistas y sus derrotas. Llámenlo si quieren resiliencia, coraje, atrevimiento… no sé; hay muchos adjetivos válidos. Quizá la sola experiencia de ser extranjera ya los abarque todos.

Ahora, a mis cincuenta y cinco años, después de años y años de búsqueda interior —un camino largo; ¡no empezó todo la primavera pasada!—, desde que practico la meditación, desde que escucho a mi niña interior y desde que he comenzado a honrar mis raíces con las constelaciones familiares, poco a poco se ha abierto un umbral. Entre las nuevas comprensiones quizá la más significativa no es solo entender, sino también sentir que no es necesario luchar, sino más bien abrazarme con amor e indulgencia, acoger mis miedos y mis debilidades; mirarme, acogerme, escucharme. Hay luego un efecto dominó hacia atrás: este gesto de acogida, de apertura del corazón, se extiende a mis antepasados.

Esta es mi cosecha.

Por este motivo elegí el título Susurro de otoño. Hoy más que nunca soy esas hojas otoñales, soy ese árbol enraizado y vivo; estoy aquí presente, estoy aquí para escuchar el viento, para sentir la lluvia, estoy aquí para reflejar la luz del sol. ¡Qué maravilla! Ya no me siento forastera; me siento en casa.

Gracias por tu tiempo,

Luz

Poesía "Susurro de otoño"

Meditación