

Cada día la vida renace - Un parto y tres hijos
Luz Elsy Duarte Zapata

Tengo poca información acerca de mi nacimiento. Algo curioso que me contó mi mamá es que estuve a punto de nacer en el autobús que la llevaba junto con una amiga al hospital. Imagino las sensaciones que ella vivió en aquel momento. Creo que sintió mucha ansiedad durante aquel trayecto que probablemente le pareció interminable. Cuando llegaron, el parto transcurrió sin complicaciones. Para mi madre era su cuarto parto y al año siguiente llegaría otro hijo más.
Hoy, sin embargo, quisiera detenerme no tanto en mi experiencia como hija, sino en mi experiencia como mamá.
Siempre había deseado ser mamá. Con todas las fuerzas de mi corazón. Pasaban los años, ya había superado los treinta y todavía no tenía una relación estable que me permitiera pensar mínimamente en tener un hijo. Por suerte, no me dejé atrapar por la ansiedad de realizar aquel sueño. Ni siquiera pensaba en ello porque tenía la certeza de que llegaría el día en que sería mamá. Diría que fue un verdadero acto de fe. Entendiendo la fe como una especie de paz que te permite esperar, incluso cuando no ves en el horizonte nada a lo que te puedas aferrar. Simplemente esperar, sabiendo que algún día sucederá.
Cuando tomé a mi hija en brazos por primera vez, me envolvió una gran emoción: la alegría casi indescriptible de participar en el milagro de la vida. Quienes lo han vivido saben muy bien que no existen palabras para describir el nacimiento de un hijo. En mi caso, recuerdo que aquella felicidad iba acompañada también por un velo de miedo ante la responsabilidad de aquella dulce niña. Sé que me sentía insuficiente y sola, aunque tenía a mi lado a mi marido, que además era muy atento con nosotras dos. Sin embargo, en medio de aquella burbuja de felicidad me sentía muy sola y asustada. Quizás porque era extranjera y no tenía cerca a nadie de mi familia.
Estoy segura de que la fuerza para vencer aquellos demonios me la dio la mirada de mi hija.
Mientras escribía este artículo, leí junto a ella algunos fragmentos de mi diario “Mi embarazo”.
“Semana 34, del 24 al 30 de noviembre: he comenzado esta semana comprándole a Jasmine su primera muñeca. A mí me parece preciosa y espero que también le guste a ella. El viernes 25 cayó la primera nieve de la temporada. No fue mucha, pero alcanzó para cubrirlo todo de blanco. La semana transcurrió con algunos altibajos en mi estado de ánimo... en parte porque me resfrié y en parte porque algunas noches no duermo muy bien. Tal vez también sea la ansiedad por el parto que se acerca.
Semana 39, del 29 de diciembre al 5 de enero: esta fue la semana de Año Nuevo... lamentablemente me sentí un poco melancólica porque el ambiente era demasiado frío. Incluido el clima, con temperaturas que rondaban entre los -8° y los -10°...”
Después, el parto...
Al día siguiente escribí:
“Convertirme en madre me hizo descubrir otra dimensión de la felicidad. Mirar a mi hija llena mi corazón de una alegría inmensa, pero cuando mi hija me mira a mí es como si Dios mismo me dijera con infinita ternura: «Aquí estoy».”
Tiempo después, tras un período sin escribir, retomé mi diario:
“Hoy, 5 de febrero, vuelvo a escribir porque hoy se le cayó el cordón umbilical a Jasmine y, cuando lo encontré en el pañal, sentí una emoción extraña... tristeza, nostalgia, miedo... qué sé yo... sé que todavía estaba muy unida a ese hilo que nos mantuvo conectadas durante todo el embarazo y verlo prolongaba de alguna manera aquel vínculo físico. Ahora que ya no está, lo extraño... será la nostalgia de aquellos nueve meses. Sé muy bien que nuestro vínculo durará toda la vida y más allá...”
Hoy mi hija tiene veinte años. Es hermosa como el sol, ¡sin duda! Cuando nos decimos que nos queremos añadimos: “infinito y más allá”. Es el lenguaje del corazón porque nos nace de forma espontánea.
Sin embargo, a mí me llamaron “mamá” mucho antes de que naciera Jasmine.
Conocí a Valentino cuando tenía cinco años y medio. Lamentablemente, su mamá había fallecido algunos meses antes a causa de una enfermedad. Desde el principio existió entre nosotros un vínculo especial, tanto que, menos de un año después de conocernos, un día comenzó a llamarme “mamá” de manera completamente espontánea.
Siempre he dicho que ese apelativo de su parte es uno de los regalos más grandes que la vida me ha hecho y me siento profundamente agradecida por ello. Hoy mi hijo Valentino tiene veintinueve años. Con sus ojos azules y su larga cabellera rubia es un joven de gran presencia. Siento una profunda admiración por él porque tiene una personalidad fuerte, un carácter decidido y defiende sus ideas con convicción.
Mi tercer hijo también es fruto de un deseo profundo. A él sí que lo perseguí durante años... solo que me había hundido en los abismos de las dudas sobre mi capacidad para sostenerlo. Llegó un momento en que incluso renuncié a él, con la idea de dejar en paz a mi alma. Pero no. Él seguía presente en las fibras más íntimas de mi existencia.
Solo cuando decidí hacerle un espacio en mi corazón, sin miedos ni controles inútiles, apareció. Este es un hijo espiritual y, sobre todo, es fruto de la conciencia de mi amor por él.
Lo concebí con infinito amor. Como en un verdadero parto, sabía aproximadamente en qué período nacería. Sin embargo, me sorprendió llegando al mundo una semana antes de lo previsto.
Recuerdo muy bien aquel domingo. Antes del mediodía me di cuenta de su llegada mirando mi celular. Me gusta compararlo con la primera ecografía. Estaba allí. Estaba registrado. Existía.
Durante unos instantes me quedé simplemente observándolo. Era inmensamente feliz. Después de tantos años de espera, de intentos, de dudas y de renuncias, por fin había llegado. Incluso hoy, cuando recuerdo aquel momento, vuelvo a sentir la misma emoción y se me pone la piel de gallina.
Como todo recién nacido, necesitaba cuidados y alimento. Está creciendo muy bien y no puedo más que alegrarme por ello. Me doy cuenta de que, mientras él crece, yo también crezco. Me gusta contemplarlo en su océano de aguas cristalinas; en el horizonte se distingue su silueta de madera y su corazón dorado resplandece como una estrella que lo guía tanto de día como de noche.
No quisiera tener demasiadas expectativas sobre este hijo. Así como he intentado dejar libres a los otros dos, también él encontrará su propio camino. Yo solo puedo cuidarlo y observar con curiosidad hacia dónde lo conducirá la vida.
Hoy solo sé que pronunciar el nombre de mis tres hijos y verlos crecer llena mi corazón de alegría. También estoy agradecida con su padre. Sin él, esta parte de mi historia no habría existido.
¿Por qué hoy les he contado estas historias de mi vida relacionadas con el embarazo, el parto y la experiencia de ser mamá?
Porque el nacimiento no se refiere únicamente al día en que llegamos al mundo. Ocurre cada vez que damos forma a un sueño, cuando elegimos una nueva dirección a pesar de nuestros miedos, cuando encontramos el valor de escuchar al corazón y nos dejamos guiar por él.
Es cierto que no todos los nacimientos ocurren en un clima de amor y serenidad. Y los hijos llevan en su corazón heridas profundas ligadas a su historia familiar. Esas heridas solo necesitan ser vistas y acogidas. Nuestros padres hicieron lo mejor que pudieron. Tal vez no siempre lo que necesitábamos, pero sí lo que en aquel momento les era posible ofrecer.
Y entonces la pregunta deja de ser: ¿Por qué sucedió así?
La pregunta se transforma en: ¿Qué elijo hacer con la vida que he recibido?
Aquí y ahora.
En mi opinión, el primer paso para abrirse a un nuevo camino en la vida y alcanzar los propios sueños es mirar el pasado con gratitud. Probablemente no parezca algo fácil de hacer, sobre todo cuando el corazón sigue atrapado en sentimientos negativos. Sin embargo, llega un momento en que el corazón pide algo diferente. Pide libertad. Y es entonces cuando hay que dar el paso y tener la certeza de que es la cosa justa de hacer.
Si lo pensamos bien, la vida nos pide convertirnos en adultos interiormente. Esto significa acogernos amorosamente tal como somos, como lo haría un padre o una madre frente a su hijo, mirarlo a los ojos y decirle simplemente:
«Te veo. Estoy aquí. Te amo»
Por eso, otro paso importante que podemos dar es acercarnos a nuestro niño interior. En el artículo “¿Conoces la mirada de tu niño interior?” (como hacer una muñeca de lana) encontrarás una actividad para dar una forma concreta a este aspecto de nuestra psique. Una vez que lo tengas en tus manos, comienza a amarlo sin condiciones.
Llegados a este punto, te invito a reflexionar sobre estas preguntas: ¿Estás viviendo tu vida?, ¿O sigues siendo un hijo o una hija en lucha con tus padres?, ¿Persigues tus sueños y se te escapan de las manos?
¿No crees que, para responder a estas preguntas, primero es necesario reconciliarse con las propias raíces y, desde ahí, acercarse con amor a ese niño que todavía vive dentro de nosotros?
Existen caminos que pueden ayudarte a mirar tu historia con ojos nuevos y a liberar energías valiosas para hacer realidad tus sueños. No esperes demasiado si sientes que ha llegado tu momento de dar ese paso.
Cada día la vida renace.
Luz
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