Mi barco navega libre con los ritmos de mi tango

El primer artículo del blog no podía comenzar de otra manera que con el poema “En Alto Mar”. Metafóricamente, se trata del viaje de la vida, que en su estribillo “olas que van, olas que vienen” expresa los altibajos que todos vivimos en nuestra cotidianidad.

Yo veo las olas arriba como todas aquellas situaciones que nos dan una sensación de plenitud: desde alcanzar grandes metas como obtener un título universitario, el nacimiento de un hijo, un ascenso en el trabajo, o simplemente la alegría de un almuerzo en familia o una pizza con amigos.

También, del otro lado están las situaciones problemáticas, tristes o difíciles que nos hacen sentir mal; basta pensar en la devastación por un luto, un divorcio, una enfermedad, o incluso algo menos dramático como un roce con un colega, una discusión con un amigo o un familiar... esas son las olas hacia abajo.

Sin embargo, si te has fijado en el título que elegí, destaca la centralidad de la palabra “libre”. Obviamente, no es casualidad. “Libre con los ritmos de mi tango” es la penúltima rima de todo el poema, lo que significa que para llegar a ella hubo un recorrido.

Ahora te voy a contar la historia de este poema. Estoy convencida de que te dejará algunas reflexiones; en cualquier caso, es mi invitación para que inicies tu viaje introspectivo, de transformación y de nueva toma de consciencia.

Hacia finales del 2023 había regresado de un viaje a Colombia. Mi intención era retomar la actividad laboral en el sector financiero, que había dejado en pausa por un par de meses. Unos días antes de Navidad pensaba hacer un regalo a mis compañeros de trabajo, pero no encontraba nada adecuado, hasta que tomé una hoja de papel y comencé a escribir “En Alto Mar”.

Mientras escribía, pensaba en el significado que tenía para mí ese trabajo: al principio con mucho entusiasmo, luego al darme cuenta de las dificultades que debía afrontar, seguido por un profundo sentimiento de desorientación me hicieron, literalmente, huir a casa, es decir, a Colombia.

Escribí la última estrofa pensando en la reanudación de mi trabajo con una nueva carga de entusiasmo. Estaba por poner el punto final, luego… un momento de silencio indefinido e infinito… y finalmente, con mucha seguridad, escribí “mi barca va”, seguido del punto final.

Honestamente, no entendía esa última línea escrita. Además, me generaba un poco de ansiedad. La sentía como una especie de advertencia de que no me quedaría en ese lugar, mientras que racionalmente yo habría apostado por hacer carrera, ¡claro que sí! Con todo ese entusiasmo desbordante, me parecía lo más lógico del mundo.

Es cierto que sentía ciertas incomodidades, había algo que me bloqueaba, que me hacía sentir tan mal al punto de hacer las maletas y viajar a Colombia. A eso me refiero con el verso “el corazón temeroso en las oscuras nieblas se desvaneció”.

Además, mi madre debía someterse a una intervención quirúrgica y, como ya habían pasado cinco años desde la última vez que la había visitado, entendí en mi interior que era la ocasión perfecta para hacer una pausa. “Soñando con los ojos abiertos en un mar cálido, el arcoíris me abrazó”; con este verso estaba reflejando de inmediato la alegría de sentirme en casa.

La vida misma me había empujado a detenerme y a reevaluar cómo iba mi barca. Instintivamente, puse en marcha uno de los comportamientos más ancestrales con tal de no dejarme hundir: huir.

Una pausa del mundo, una pausa del ajetreo cotidiano. Una pausa para conectarme con mis raíces, en el verdadero sentido de la palabra. Ese miedo que había comenzado a sentir no era otra cosa que la voz de mi alma diciéndome: “detente”.

Han pasado dos años desde que mi alma de poeta escribió una verdad que no logré abrazar en ese momento, en toda su profundidad y significado. Podría decir que el corazón sabe más que la razón; hay circunstancias, procesos, experiencias que sólo se comprenden con el tiempo. Con la mente estamos acostumbrados a hacer razonamientos apresurados, diría incluso superfluos o bastante engañosos, sobre lo que realmente hay en el fondo del alma.

En mi caso, de hecho, a finales de enero dejé ese trabajo. Algo había hecho clic en mí haciéndome entender y aceptar que ese oficio, que a mis ojos aparecía muy importante, bonito, interesante, en realidad estaba demasiado en desacuerdo con mi esencia.

¿Se preguntarán qué ha cambiado en estos últimos dos años?

Mi respuesta es que, después de darme cuenta de que ser asesora financiera no era mi camino, empecé de verdad a escucharme, a mirarme, a pensar en mis valores, esos basados sobre todo en trabajar de manera armoniosa y alegre. Con esta toma de conciencia me pregunté: “¿Y entonces qué hago?”

La técnica que me ayudó mucho a aclarar las ideas y a abrirme a nuevas posibilidades fue la meditación. Ya la practicaba desde hacía algunos años, pero sin disciplina; entonces me propuse meditar de manera más constante y comencé a dedicarle un espacio diario.

Hay otro aspecto que marcó un giro decisivo en mi vida: un encuentro de constelaciones familiares en Trento. Ese domingo comprendí el poder de este método y, no solo eso, sentí un llamado. Cuando menos lo esperaba, se había encendido desde lo profundo de mi corazón una chispa.

Desde ese momento empecé a profundizar en el tema y, de hecho, en pocos meses me matriculé en la universidad para formarme profesionalmente como consteladora. En cierto modo, fue como haber encontrado la llave para desbloquearme. Comprendí que con este método holístico puedo contribuir y ayudar al bienestar de las personas. De hecho, ese fue el motivo que me impulsó a estudiar psicología justo al terminar el bachillerato, a los 18 años, en Colombia.

Diría que no se trata solo de haber encontrado un método; en realidad creo que las constelaciones son un lenguaje del Alma, y yo estoy aquí para ponerme a su servicio.

El curso intensivo para convertirme en consteladora familiar me llevó a enfrentarme con todo mi linaje, tanto materno como paterno. Fue mirar de frente mis dolores, mis miedos, los pesos que no me pertenecían. Fue la ocasión de honrar a mis antepasados, la oportunidad de mirarlos con respeto y gratitud. Este recorrido fue, sin duda, de sanación y de liberación. Mi árbol genealógico tenía (y quizá aún tiene) desequilibrios. Pero gracias a las constelaciones familiares, el orden ha regresado.

Sin duda, es un trabajo que nunca termina, pero ya se sienten los primeros efectos. Por ejemplo, percibo un nuevo flujo de energías y ligereza, y finalmente he logrado comprender mis patrones repetitivos y de autosabotaje.

Es verdad que cada experiencia en la vida puede revelarse como una oportunidad, un descubrimiento de uno mismo, una ocasión para tener una nueva visión que nos ayude en el proceso de transformación y crecimiento. Sé que pueden sonar como frases ya muy escuchadas, pero mi intención es compartir contigo mis experiencias de vida, a veces enmarcadas en poemas —la voz de mi alma— y si algo de esto resuena en ti, tal vez sea momento de escucharte a ti mismo, no a mí. Escucha tu alma.

Estoy aquí para ayudarte a iluminar tu camino con mi escritura y con el método de las constelaciones familiares. Con mucha serenidad, hago también honor a mi nombre, Luz; hoy más que nunca siento en mi corazón el valor de ese nombre, y por eso me pongo a tu servicio.

“Mi barca va”, la última frase del poema, no es más que la certeza de que mi viaje continúa.

Con este primer artículo espero haber encendido en ti una chispa que te inspire a dar un nuevo paso en busca de tu equilibrio, de tu libertad. Con una sonrisa y con la maravillosa sensación de estar haciendo algo verdaderamente hermoso en mi vida, a mi ritmo y sintiéndome libre de contártelo, me despido.

Querido lector, gracias por haber llegado hasta aquí. Me emociono al pensar que tu viaje tendrá inicio. ¡Leva las anclas!

Luz

Poesía "En Alto Mar"