Mariposas

No recuerdo ni cuándo ni por qué escribí el poema Mariposas.

Sí sé, en cambio, que forma parte de una recopilación titulada Odisea en el corazón, que registré en Bogotá en la oficina de derechos de autor en marzo de 2002. Al no haber encontrado un punto de apoyo preciso —salvo algunas experiencias vividas en Londres, ya relatadas en otros artículos— elegí hacer algo distinto: guardar silencio y dejar que hablara la poesía.

Con el paso de los años me di cuenta de que no siempre es importante recordar el contexto en el que algo nace. A veces es más significativo escuchar lo que ese algo todavía tiene para decir.

Y fue allí donde descubrí un pequeño tesoro, algo que siento un profundo deseo de compartir.

Originalmente, este poema se titulaba Ven. Al releerlo después de tantos años, un verso en particular llamó mi atención: «capturemos mariposas, inventemos otras cosas». De manera delicada pero poderosa, apareció ante mí la escena de una niña en un prado persiguiendo mariposas. Poco después recordé también un documental sobre las mariposas monarca, frágiles sólo en apariencia. Guiadas por algo más grande, son capaces de realizar un extraordinario viaje migratorio hacia México para sobrevivir al riguroso invierno norteamericano.

En definitiva, las mariposas estaban en todas partes. Comprendí que no eran un simple detalle poético, sino el símbolo central. Por eso decidí cambiar el título del poema.

Después de todo, las mariposas siempre me han fascinado. En ellas reconozco mis valores más profundos: ligereza, libertad, transformación, posibilidad. No es casual que el verso final diga justamente eso: «inventemos otras cosas». Una invitación clara a abrirse a lo nuevo, a no quedar atrapados en lo que ya fue.

Al no recordar una historia precisa vinculada al período en el que escribí el poema, hoy quiero contarte otra, más reciente. Es la historia de la mariposa azul que me tatué.

Lo confieso: fue una verdadera tortura a flor de piel. Recuerdo haber pensado varias veces: «¿Quién me manda a hacer esto?». Y, sin embargo, en el fondo sabía que ese dolor era un pasaje. Difícil de soportar en el momento, pero destinado a recordarme, con el tiempo, justamente ese sentido de ligereza y libertad que tanto valoro.

El domingo 10 de julio de 2022 tropecé y me rompí el tendón de Aquiles.

La lesión no fue grave, por suerte, pero me obligó a la inmovilidad durante dos meses, con la pierna derecha enyesada. Fue un período complejo, agravado por una situación laboral delicada: se trataba, de hecho, de un accidente de trabajo, con consecuencias bastante duras para ambas partes. A veces es precisamente cuando estamos forzados a detenernos que algo pide ser visto.

Aproximadamente un mes después, en agosto, tuve un sueño que me dejó profundamente perpleja. Fue justamente ese sueño el que me dio el impulso definitivo para hacerme el tatuaje y, al mismo tiempo, para cumplir un deseo de mi hija, que desde hacía tiempo me pedía tatuarnos algo juntas, el mismo día. Yo elegí la mariposa azul. Ella, una frase en letras góticas: «sei nell’anima». (Estás en el alma). Sin lugar a dudas, un gesto compartido que habla de vínculos, de continuidad, de pertenencia.

«Estaba atrapada en una pequeña habitación de paredes grises. En un momento me di cuenta de que era un lugar herméticamente cerrado: aunque golpeaba la puerta para que alguien del exterior me escuchara, en realidad nadie podía oírme. Empecé a sentir una desagradable sensación de ahogo y, al mismo tiempo, el corazón comenzó a latirme desbocado. En cierto punto, exhausta, caí al suelo, y fue allí donde descubrí una gatera a través de la cual logré escapar, llegando a un gran vestíbulo donde alguien me brindó los primeros auxilios».

Mariposas está viva. Y esto es lo que más me sorprendió. Porque cuando una poesía está viva, no explica: muestra.

Nos hace ver algo muy importante. Es una invitación. Una invitación a volver a la vida. A no cerrarse. A no aislarse. A no confundir la protección con la prisión. ¿Cuántos de nosotros hemos elegido —o seguimos eligiendo— estas estrategias como mecanismos de defensa?

No es casualidad que Mariposas tenga «los ojos del águila real». Sentí escalofríos en todo el cuerpo al recordar que, en mi accidente, había quedado comprometido mi talón de Aquiles. Percibo una resonancia muy fuerte. Díganme si no es así: águila ~ Aquiles. Incluso en italiano: aquila ~ Achille. Lo más interesante aquí no es mi historia personal vinculada al accidente laboral. No, no… lo importante es la mirada desde lo alto, capaz de captar el conjunto. Es la misma visión sistémica que encuentro en el trabajo de las constelaciones familiares: ver el cuadro completo, reconocer las conexiones invisibles.

El verso siguiente, «Mi nación es extensa», amplía aún más la perspectiva: no somos individuos aislados, sino parte de un sistema más grande. Los candelabros y las antiguas antorchas se convierten así en el símbolo de los ancestros, presencias que continúan iluminando nuestro camino, incluso cuando no somos conscientes de ello.

Mariposas insiste con la invitación: «Ven, el sendero es alegre» Para mí, ésta es la parte más bella. Porque nos dice que después del trabajo llega la libertad, la alegría de ser uno mismo. No olvidemos que cada mariposa en la Tierra tuvo que transformarse de oruga en mariposa antes de poder desplegar las alas. Maravillosa y ligera, puede finalmente ser ella misma. Está claro: toda transformación requiere atravesar, tiempo, confianza.

Mariposas es la vida que vuelve a presentarse. No solo a mí, sino a cualquiera que sienta vibrar estos versos. A quien perciba un llamado al vuelo, a la libertad, a la posibilidad de vivir más liviano, al coraje de ser.

No es casual que Mariposas haya regresado ahora, justo mientras estoy trabajando el tema de la lealtad familiar en la sección divulgativa Un Mar de Palabras, que tal vez muchos de ustedes ya hayan visto en mi perfil de Instagram.

La última línea resuena con una fuerza particular: «Inventemos otras cosas». Leída desde una mirada sistémica, se convierte en una invitación a seguir adelante cambiando de forma, a continuar sin repetir, abriendo nuevos caminos. Es difícil no leerla como un mensaje de esperanza dirigido a quienes vendrán después de nosotros: el mayor regalo que podemos dejar es la posibilidad de evolucionar —nosotros mismos, las historias que heredamos de nuestros ancestros y, junto a ellas, el futuro de nuestros hijos—.

Me despido con el título original del poema: Ven. Una palabra antigua y, sin embargo, siempre nueva.

Y con otra, por si algo también vibró en ti: confía.

Gracias por tu tiempo.

Luz

Poesía "Mariposas"