Hermoso jardín, sublime rosal

Una de las decisiones más locas que he tomado en mi vida es, sin duda, mi viaje a Londres.

Tenía veintiocho años. En aquel entonces trabajaba en el departamento de Recursos Humanos de una empresa privada que se encargaba de la administración de la red de médicos en todo el territorio nacional.

Desafortunadamente, la empresa comenzó a tener problemas financieros y empezaron los despidos masivos, hasta que finalmente cerró por completo.

Mi turno llegó el 30 de agosto de 1998.

Exactamente un mes después aterricé en el aeropuerto de Heathrow, en Inglaterra. Ya había pagado el taxi que me llevaría hasta Londres, al barrio de Fulham, donde también se encontraba la sede de la escuela de inglés en la que había pagado tres meses de curso.

Era la noche de Halloween y los disfraces que veía por las calles parecían el reflejo del miedo que anidaba en mi alma al darme cuenta de que estaba sola en aquella ciudad.

Ya estaba allí.

El recuerdo de aquel viaje está impregnado de alegrías y dolores.

Nunca había pensado en viajar al extranjero. Y, sin embargo, cuando llamé a una excompañera para contarle que también había llegado mi turno de dejar la empresa, ella me hizo una propuesta: acompañarla a Londres para estudiar inglés.

Le dije: “Lo voy a pensar un poco y te aviso”.

Tres horas después le confirmé que iría.

Solo tres horas para cambiar de vida.

Así, de repente.

Seguí mi intuición, evidentemente. Si me hubiera puesto a analizar los pros y los contras de un viaje semejante, probablemente nunca habría partido.

Hay muchas anécdotas relacionadas con aquel viaje, mi primer viaje al extranjero. Hoy, simplemente, le agradezco a la vida haberme permitido vivir aquella experiencia.

Hace veintiocho años las cosas eran muy diferentes. Los teléfonos celulares apenas comenzaban a entrar en la vida de las pocas personas que podían permitírselos. Internet empezaba su gran expansión y, de hecho, recuerdo que pasaba muchas horas en una gigantesca sala de internet cerca de la estación Victoria.

Escribía con lujo de detalles a mi hermana las diferentes experiencias que vivía en aquella ciudad.

Pero lo que más me importa de todo esto es que, mientras vivía en Londres, escribí muchos de los poemas que, tantos años después, comencé a compartir en este espacio.

Hoy, en particular, les presento “4 Rosas”.

La escribí para cuatro amigas: Ingrid, Paulina, Sandra y Lucy. Ellas me apoyaron mucho durante aquel período y, como agradecimiento y para sellar nuestra amistad, les dediqué el poema pocos días antes de regresar a Colombia.

Al releerlo hoy, con los ojos de la mujer en la que me he convertido, me di cuenta de que aquel poema también guardaba algo que entonces todavía no podía ver.

Es una invitación a crecer. A reconocer que no somos individuos aislados, sino parte de una historia que nos precede y que, para poder ocupar plenamente nuestro lugar en la vida, a veces necesitamos detenernos ante quienes estuvieron antes que nosotros: reconocer su existencia, honrar aquello que nos fue transmitido y mirar nuestra historia con mayor humildad y respeto.

Quizás eso es precisamente lo que las cuatro rosas me permitieron ver muchos años después.

Aquel poema, nacido como un sencillo gesto de gratitud hacia cuatro amigas, comenzó a mostrarme otra dirección: una manera de acercarnos a nuestra historia familiar a través de cuatro movimientos, cuatro rosas, cuatro pasos que parten de nuestras raíces y nos conducen, paso a paso, hacia nosotros mismos.

De esta relectura nació La Rosa de los Vientos: un recorrido que nace de la poesía y encuentra el mundo de las Constelaciones Familiares, para reconocer nuestras raíces y orientarnos hacía nuestra propia vida.

Es un proyecto que he ido elaborando con el tiempo, dejando que esas cuatro rosas encontraran su lugar y su significado.

Pronto les hablaré de él con mayor profundidad.

Por ahora, me gusta pensar que aquel poema, escrito hace veintiocho años en Londres, simplemente esperó el momento adecuado para mostrarme aquello que guardaba.

Y quizás eso es precisamente lo hermoso de ciertas palabras: a veces las escribimos sin saber adónde nos llevarán.

Las confiamos al papel y a la vida. Y luego, un día, vuelven a encontrarnos.

Termino con una última reflexión sobre aquel impulso que me llevó a tomar la decisión de partir hacia Londres en tan poco tiempo.

Porque, pensándolo hoy, aquella era una aventura para nada segura.

No sabía qué iba a encontrar. No sabía cómo iba a resultar. No tenía ninguna garantía.

Y, sin embargo, algo dentro de mí dijo que sí.

Y yo escuché.

Quizás, sin saberlo, confié en mi intuición.

Pero ¿qué es realmente la intuición? Y, sobre todo, ¿qué significa seguirla?

Desde mi punto de vista, la intuición no significa actuar sin pensar. No es tomar decisiones al azar. Y tampoco significa confundir un impulso momentáneo con aquello que realmente deseamos.

La intuición es algo más sutil.

Es esa sensación que llega antes que las explicaciones. Es un saber que no siempre sabemos traducir todavía en palabras. A veces es un sí que sentimos en el cuerpo antes de poder formularlo con la mente. Otras veces es un no que no sabemos justificar, pero que continúa llamando a nuestra puerta interior.

Es como si una parte profunda de nosotros supiera algo que nuestra mente todavía no ha elaborado. Quizás eso es lo que queremos decir cuando decimos: “Sé que tengo que hacerlo”. O: “No sé por qué, pero este camino me llama”.

Veintiocho años, una propuesta que llegó de repente y solo tres horas para decidir.

Hoy, con los ojos de una mujer que ha atravesado muchas otras decisiones, me pregunto: ¿qué habría pasado si aquella vez le hubiera dado más espacio al miedo? ¿Si hubiera comenzado a pensar en todo lo que podía salir mal? ¿Si hubiera buscado todas las razones por las que aquel no era el momento adecuado?

Quizás nunca habría partido.

Y quizás, precisamente por eso, no habría encontrado una parte de mí que necesitaba aquella partida.

Porque a veces decidir no significa saber adónde nos llevará un camino.

Significa sentir que ha llegado el momento de tomarlo.

Y quizás seguir nuestra alma significa precisamente eso: tener el valor de escuchar esa voz sutil que no promete certezas, pero nos invita a avanzar.

Incluso cuando todavía no sabemos hacia dónde vamos.

Hoy, con la madurez emocional que los años y la vida me han regalado, puedo releer aquella decisión y reconocer mensajes que entonces todavía no era capaz de escuchar.

Aquella intuición me estaba llevando hacia algo que aún no conocía: una parte de mí que pedía ser reconocida.

La poetisa.

Es curioso pensar que este nombre, en realidad, no me lo puse yo. Me lo dio, muchos años después, un compañero de trabajo, Alessandro, después de recibir como regalo un poema que yo había compuesto para todo el equipo con motivo de la Navidad: “En alto mar”.

Él vio algo en aquellas palabras y me llamó poetisa.

Quizás fue uno de esos pequeños momentos en los que la vida nos devuelve una imagen de nosotros mismos que todavía no somos capaces de ver con claridad.

Quizás, desde entonces, comencé a abrir un poco más los oídos para escuchar aquella parte de mí. Y hoy, al volver la mirada hacia aquella joven de veintiocho años que dijo que sí a un viaje sin garantías, me gusta pensar que, incluso entonces, ya estaba yendo al encuentro de algo de mí que todavía no conocía.

La poetisa que alguien había reconocido antes que yo ya estaba allí.

Yo solo tenía que aprender a escucharla.

Luz

✍️ De lo vivido a la conciencia.
De la conciencia a la transformación.

Poesía "4 Rosas"

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