El reino de Frugante
El gallo de plumaje brillante alzó la cabecita y cantó. Su cresta, una corona de seis puntas de rojo vivo, estaba velada en aquella mañana hecha de niebla y silencio. No demasiado temprano, tampoco tarde: la hora justa de la naturaleza. Cantó otra vez, y su toque fuerte y claro se oyó en la granja hasta la casa, situada a menos de doscientos metros. Pero fue solo a la tercera vez cuando Giorgio Fruganti abrió los ojos.
Criador solitario, de espíritu adormecido y modales bruscos, Fruganti se despertó sin hacer ruido, deseando que aquel fuera un día como cualquier otro. En la cocina apartó la cortinilla de la ventana y miró hacia su pequeña granja: no vio nada, ni siquiera el velo de bruma que lo cubría todo alrededor. Tomó la cafetera moka y echó tres cucharadas de café; la cerró apretándola con la fuerza bruta de sus grandes manos y esperó. Cuando la cafetera empezó a silbar, en su rostro se dibujó una mueca de placer. Se sirvió y bebió saboreando cada sorbo. Le gustaba sentir el ardor que le recorría la garganta: una taza grande de café amargo e hirviente para empezar la jornada. Se conformaba con muy poco, y así le estaba bien.
Tomó una cesta de mimbre que dejaba preparada antes de irse a dormir y se encaminó con paso perezoso por un sendero de tierra que terminaba en una casona descuidada. Una gata gris y preñada salió a su encuentro y, como siempre, se le enredó entre las piernas; lo acompañó hasta el gallinero y luego desapareció. Las gallinas se peleaban entre sí por los granos de trigo que él arrojaba sin prisa. Cuando terminó con el grano, recogió los huevos de cáscara blanca y los puso en la cesta que, sin embargo, era demasiado grande para el regalo de aquella mañana de primavera hecha de lluvias interminables.
Su verdadero patrimonio eran las vacas de cría. Aunque cuidarlas era duro y le ocupaba todo el día, Giorgio se esforzaba porque la leche se la pagaban muy bien. Su reino —como le gustaba decir a sus amigos— estaba poblado, además de las gallinas y la gata, por un pequeño rebaño de ovejas y por un perro viejo que no vigilaba nada, pero le hacía compañía.
El establo, en el lado opuesto de la casa, estaba cerrado con una barra de hierro forjado: la misma que usaba su padre cuando era él quien se ocupaba del ganado. Cuando la retiró, el olor penetrante del estiércol le molestó; cada mañana era así, aunque ya se había acostumbrado, con una resignación mezclada con un sentimiento de derrota. Echó una mirada a los dos terneros y a las nueve vacas que, en ese momento, parecían esperarlo. Mansas, las bestias se acomodaron y se dejaron ordeñar.
Después del primer ordeño del día, grande y robusto como era, no le costó el menor esfuerzo cargar los baldes de aluminio esmaltado, llenos hasta el borde de leche fresca y espumosa. Abrió una pequeña puerta de madera en la parte trasera y, con los dos primeros baldes en las manos, salió en dirección a la furgoneta que dejaba aparcada junto a un tractor y a un remolque con el equipo para el heno amontonado sin demasiado cuidado. A menos de cien pasos de los vehículos, en el cercado al aire libre, Giorgio vio con aflicción una oveja desgarrada que yacía en el suelo.
—¡Maldición! —exclamó abatido, mientras dejaba en el suelo los baldes de leche, que terminaron derramándose en salpicaduras por todas partes.
La visión cercana de la carcasa lo dejó trastornado, hasta el punto de sentir náuseas, y aquello le produjo cierta vergüenza. Necesitó unos minutos para sobreponerse a la mala suerte que le había tocado aquel día. Al fin y al cabo, su vida en la granja, hasta aquella mañana, había transcurrido sin glorias… pero también sin penas.
Entre una cantilena de blasfemias se recompuso como pudo, terminó de cargar y se puso en marcha por el valle para entregar la leche. Ya en el primer cruce, al girar a la izquierda, la bruma empezó a disiparse lentamente; diez kilómetros más adelante se alzaba el campanario de Medrina, su pueblo natal.
—Buen día, Giorgio —lo saludó Marco Codini, el quesero, un hombre siempre amable que llevaba las gafas sobre la cabeza, excepto cuando hacía las cuentas en la caja: entonces se las ponía, arrancaba el recibo y leía en voz alta el precio a pagar.
—¡Ojalá! —respondió Giorgio.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? — preguntò amablemente, sin lograr esconder una gran curiosidad.
—Alguna bestia mató una ovejita en la granja. Puede que haya sido un lobo, pero no estoy seguro.
—¿Un lobo tan cerca? Eso sí que es preocupante. He oído hablar de ataques en las alturas, nunca en la llanura. Te conviene ir a la alcaldía a presentar una denuncia; ellos harán las comprobaciones necesarias.
En ese momento entró en el local una paisana, y Giorgio aprovechó para cortar la conversación, dándose la vuelta con aire contrariado por haber oído lo que tenía que hacer, aunque el quesero pensó que se debía a la oveja muerta.
—Te descargo el otro bidón de leche por la parte de atrás —dijo, mientras salía sin saludar a ninguno de los dos.
El quesero puso en guardia a su clienta:
—¡Ojo, que hay una bestia furiosa que anda despedazando ovejas! Me lo acaba de decir Fruganti.
Bastó aquello para que la noticia se convirtiera en el tema del día en el bonito pueblo al pie del Apenino Umbro.
Cuando llegó a la alcaldía, Giorgio tuvo que esperar a que el único empleado a la vista terminara de hablar por teléfono. Absorto en sus pensamientos por el mal comienzo del día, por fin escuchó:
—¿Sí?
—Esta noche me han matado una oveja.
—Entonces no es conmigo con quien tienes que hablar —le respondió el empleado con el aire de quien tiene mucho que hacer y quiere desocuparse rápido—. Ve a la oficina de Paolo Tonolli, el concejal de la Forestal.
Le señaló con el índice el pasillo desierto que conducía a los despachos.
Tonolli, un hombre distinguido de pocos cabellos blancos peinados hacia atrás, estaba sentado tras un escritorio repleto de papeles. Con modales diplomáticos le ofreció asiento y escuchó atentamente al criador, interrumpiéndolo solo para hacerle algunas preguntas de rigor. Cuando Giorgio terminó de relatar lo sucedido, Tonolli dijo con voz seria, casi ceremonial:
—Lo primero es verificar quién ha sido. Si luego resulta que es un lobo, como usted cree, desde luego no podemos poner en peligro a los habitantes ni permitir que otras cabezas del rebaño se conviertan en su comida. Hay que cercar al animal, capturarlo y trasladarlo a un parque natural. Ese es el procedimiento previsto por el plan de protección.
Giorgio asintió con la cabeza mientras el concejal se levantaba de la silla y lo despedía diciendo:
—Enviaré a unos muchachos antes del mediodía para hacer las comprobaciones y recoger las huellas para su identificación. En cualquier caso, le corresponde una indemnización acorde con los daños. Deje sus datos para iniciar el trámite.
Toda aquella cadena de papeles y formularios acabó por hacerle perder la paciencia, pero en menos de una hora estaba de regreso en la granja y decidió no pensar más en ello. Colocó el heno en el establo y llenó los abrevaderos, mientras en el cielo cargado de nubes indecisas aparecía un sol cálido y soberbio que bañaba todo el valle.
A última hora de la mañana llegó Corrado Mila, un guardabosques experimentado, acompañado por dos operarios municipales encargados de cargar la carcasa en un remolque enganchado a un carro con el escudo de la alcaldia. Mila hizo sus observaciones con la pericia típica de un técnico y la escrupulosidad de un auténtico profesional. Anotó algunas cosas en una pequeña agenda y tomó numerosas fotografías del cercado, de la oveja muerta, de las otras —de hocico triste— y de la extensión de campo verde que rodeaba la casona.
Después de hacerle las mismas preguntas sobre el desarrollo del inusual episodio —a las que Giorgio ya estaba cansado de responder—, Corrado dijo con tono tajante:
—Es un lobo. Hay que tener cuidado.
Al caer la tarde, después de entregar la leche del segundo ordeño, el criador se preparó una cena abundante que trató de comer sin preocupaciones, aunque no lo consiguió. Luego se arregló para el único capricho que se permitía fuera de los muros de la granja: las cervezas en el bar con los de su gallada, coetáneos todavía jóvenes y sin prisa por atarse a compromisos serios, salvo Ernesto Baldelli, el rubio del grupo, que estaba perdidamente enamorado y ya había decidido casarse en diciembre.
Desde niños se sentaban uno junto al otro en la escuela. Amigos inseparables, en definitiva; para Giorgio eran los hermanos que nunca había tenido. Entre travesuras de muchachos y notas apenas aceptables, habían cursado juntos el instituto técnico en Medrina. Desde el día del examen final habían adquirido la costumbre de beber tres cervezas cada uno —siempre y solo tres— a modo de pacto, para sellar cada vez su acuerdo de camaradería campesina.
Cuando llegó al pueblo encontró ocupado el parqueadero frente al bar, así que tuvo que dejar la furgoneta cerca de la vieja escuela, a cinco minutos de allí.
—Lo siento, Giorgio… menos mal que tú estás bien —le dijo un vecino con quien se cruzó en el parqueadero y cuyo nombre ni siquiera conocía.
Se lo había dicho con sincero interés, pero Giorgio no comprendió la intención.
—Todo está bien —respondió con aspereza, y se dirigió sin más al Bar Central.
Las calles estaban desiertas y mojadas por una lluvia fina que caía con suavidad. Aquello le agradó a Giorgio, porque no se encontró con nadie más y así no tuvo que dar explicaciones.
Apenas cerró la puerta tras de sí, vio que el bar estaba bastante lleno y sintió sobre él las miradas de todos. Sin embargo, nadie se atrevió a preguntarle nada. Caminó hacia la mesa de siempre con la cabeza baja, a propósito, para evitar responder preguntas. Sus amigos de siempre ya estaban sentados y habían pedido las primeras tres cervezas, esperando escuchar su versión de la bestia que había llegado, increíblemente, hasta la granja, a menos de diez kilómetros del pueblo.
—Bueno, ¡suelta ya lo que sabes! —fue el saludo intrigante de Francesco Pizzetta, cazador de barba larga y mirada vivaz, mientras chocaba su jarra contra la de Giorgio.
—Nada… Me desperté temprano y estaba allí, tirada en el suelo —dijo él, dando un largo sorbo mientras esquivaba las miradas de sus compañeros.
—Pero ¿cómo es que no oíste nada? —preguntó Ernesto, desconcertado.
—¡Si duermo, duermo! ¿Qué quieres que haga por la noche? —respondió Giorgio con una voz que empezaba a endurecerse—. Te juro que no oí a esa bestia; ¡hasta el perro dormía como una piedra!
—¿Y qué dicen los forestales? —preguntó Ernesto, tranquilo, mientras levantaba el codo para beber.
—Nada… solo que es un lobo joven, quizá de paso.
—¿Y cómo llegó hasta la granja? —preguntó Francesco, vaciando el vaso el primero.
—Desde hace más de una semana las ovejas están en el cercado exterior y la valla eléctrica está estropeada. Hubo un cortocircuito… quizá por la lluvia, ni siquiera me di cuenta. Le dejé un bocado fácil al lobo.
Al recordar al animal indefenso apoyó con brusquedad el vaso vacío sobre la mesa.
—¡Vaya distracción! ¿De verdad no te diste cuenta? —dijo Ernesto, mirándolo incrédulo.
—Habría que abatirlo cuanto antes, si no ese animal crecerá —intervino Pizzetta—. Yo puedo organizar una batida ahora mismo: lo encontramos y te soluciono el problema de un solo golpe.
—Cuidado, Francesco. El lobo es una especie protegida. Los forestales te pillarán a ti primero; ¡tienen los ojos bien abiertos! —respondió Ernesto.
—Yo no me lo llevaría a casa. Lo vería muy bien en un museo natural, bien disecado para que todos lo vean. ¡Sería un favor a la comunidad!
—Hay que entender el problema desde el principio —dijo Ernesto con aire reflexivo—. Si ese animal ha bajado hasta aquí es porque tiene hambre. Arriba ya no encuentra ni jabalíes. Se mueve por instinto, ese es el punto. Y detrás de todo esto está la madre naturaleza. ¿Qué quieren hacer? Matarlo no resolverá nada; detrás de él habrá toda una manada.
—Si se mueve por instinto porque tiene hambre, entonces no es precisamente la madre naturaleza quien lo ha empujado hasta aquí —replicó Giorgio, dirigiendo la acusación hacia el amigo barbudo, como si intentara quitarse de encima un sentimiento de culpa que de repente le pesaba como una piedra.
—A ciertas bestias hay que enseñarles quién manda. Y en cualquier caso hay que abatirlo cuanto antes; si no, verás desaparecer tus ovejas… y quizá no de una en una —respondió Ernesto, terminando la segunda cerveza de un largo trago.
—El guardabosques me habló de un programa de captura y traslado a un parque natural —explicó Giorgio.
—Si crees que la burocracia detendrá la matanza, entonces vives en la luna —dijo Francesco, dándole una palmada en el hombro.
—Más te valdría arreglar un buen cobertizo para esas pobres bestias con la indemnización. Después de todo, tú eres su pastor —dijo Ernesto al amigo, abriendo mucho los ojos y frunciendo el ceño.
—¡Yo no soy ningún pastor! Mi trabajo es la cría de ganado; esas sí que son un tesoro y nunca me han dado preocupaciones —respondió Giorgio con voz altiva. Sin embargo, en lo más profundo de su interior sintió que mentía, y no a sus amigos.
—¡Es lo mismo! Forman parte de tu reino —insistió Ernesto, mirándolo fijamente a los ojos.
—Cómprate mejor un perro guardián con el dinero de la indemnización, en lugar de ese terranova viejo y raquítico. Ya verás cómo después nadie te dará problemas —añadió Francesco en tono burlón.
—Ahora basta, ¡qué pesadez! ¡Ya he tenido suficiente! ¿Me dejan beber la última cerveza en paz? —dijo Giorgio, con un brillo de rabia en los ojos.
El murmullo de las otras mesas llegó hasta él: aquí y allá se oían palabras de reproche sobre sus descuidos. Entre los tres amigos cayó un silencio denso, casi revelador. Los dos, que lo conocían bien, advirtieron que, bajo la frente, en lugar de la rabia se le había clavado una mirada de sombría mortificación.
Al cabo de unos segundos Giorgio rompió la tregua y lanzó una mirada fugaz al camarero.
—¡Otras tres, por favor!
En ese momento abandonaron el tema y empezaron a comentar la Serie A, un asunto que sabían analizar hasta en los mínimos detalles y sobre el que siempre estaban de acuerdo. Giorgio miró el reloj y se levantó para ir a la caja; sacó la cartera del bolsillo y pagó las tres cervezas que había bebido. Luego Francesco Pizzetta pagó las tres que había invitado y, por último, Ernesto Baldelli saldó su cuenta. Siempre hacían lo mismo, porque los hombres creen en las costumbres y, siguiéndolas, creen hacer siempre lo correcto.
La llovizna no había cesado; al contrario, se había vuelto más intensa. Los tres amigos se despidieron con un leve gesto de cabeza, casi imperceptible, y cada uno tomó su camino. Francesco desapareció en cuatro zancadas por la calle Ca’ dei Gai; Ernesto, como siempre previsor, se alejó por la calle de la Reconciliación protegido por un paraguas de mango largo. Giorgio se encaminó, pensativo, por la calle Galileo Galilei.
Con su paso cansado atravesó medio pueblo. La calle brillaba bajo la luz de los faroles y las gotas le mojaban el rostro, pero aquello no le molestaba. Al fondo de la vía se alzaba el campanario de Medrina, alto, frío, puntiagudo. Giorgio lo miró y le pareció una proyección de sí mismo.
De repente, cerca del parqueadero, un auto que pasó a toda velocidad lo salpicó con un chorro de agua. No vio la matrícula, pero estaba seguro de que era alguien del bar. Se quedó allí, inmóvil, empapado y tiritando, preguntándose si lo había hecho por despecho, por broma o quizá por simple descuido. Se sintió sucio; volvió a pensar en su culpa y se convenció de que lo merecía. La lluvia arreció aún más y lo obligó a moverse: recorrió corriendo los últimos cien metros mientras el aguacero lo limpiaba a fondo.
Dejó atrás Medrina y se dirigió hacia el sur, internándose en la oscura y solitaria valle, mientras la lluvia retomaba su lento tango de gotas. En un tramo recto de la carretera advirtió algo que se movía de un lado a otro. Encendió las luces largas para observar mejor el paisaje que tenía delante.
La visión fue alucinante.
Abrió bien los ojos y vio grandes sapos: un número increíble de sapos que saltaban de aquí para allá. Instintivamente redujo la velocidad. Se preguntó de dónde habían salido tantos y trató de entenderlo hasta llegar a la conclusión de que quizá las lluvias persistentes de aquella primavera habían hecho crecer el nivel del arroyo Naia. Por eso ahora los sapos llenaban la carretera.
Recordó entonces la conversación con Ernesto y Francesco y pensó:
«Es el instinto natural lo que los hace moverse. Al final todos quieren sobrevivir… Pero ese maldito lobo encontró un buen bocado… ¡Caramba! Menos mal que los forestales se encargarán de quitármelo de encima, a no ser que Pizzetta quiera hacerse el listo. En fin… mis ovejas, a partir de mañana, estarán a salvo. Eso es seguro».
Mientras pensaba en todo aquello empezó a temer que con el coche pudiera aplastar a algún sapo, pero no fue así. Dejó atrás la colonia saltarina y sintió un gran alivio.
En el cruce de las Magnolias giró a la derecha hacia la aislada granja, a dos kilómetros de allí.
Casi todos dormían. A la gata le bastó rozarse contra sus piernas antes de desaparecer; el terranova, en cambio, era más frágil y necesitado, y hasta que Giorgio no lo mandaba a su perrera no se apartaba de él.
—A dormir, Tor. ¿No ves que es tardísimo? —le dijo.
El perro se tranquilizó.
No conseguía dormir porque tenía los pies helados. En el silencio oscuro de su habitación pensó en la granja que su padre le había dejado: su reino.
El perro obediente, bueno y fiel, le pareció el mejor amigo de todos. Después venían las lanosas ovejas de ojos melancolicos, que ya no estarían en peligro. Luego las hermosas vacas, productivas y dóciles cada mañana: su orgullo. Y los terneros, tiernos y pequeños, aún por crecer; las gallinas, generosas y vivaces en el corral; la gata, cariñosa y discreta; el gallo, tan diligente, que había insistido hasta despertarlo.
«Mi reino… el legado de mi padre», se dijo.
Y comprendió por primera vez el tesoro que tenía entre las manos.
Poco a poco el sueño fue ocupando el lugar de la vigilia. Así, el último pensamiento de aquella noche fue:
«Soy yo su pastor».
Luego cerró los ojos, y el corazón se le abrió.
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