TOTEM "Estoy lista para caer." "Estamos listas para recibirte." Caigo.

Hacía un curso en Trento para convertirme en educadora en las guarderías infantiles. Hacia el final, cuando el grupo ya estaba muy unido, nos propusieron un ejercicio llamado Totem.

Al terminar el curso recogí los episodios más significativos de aquella experiencia en un pequeño libro, Memorias Baby Life 2009, que regalé a mis compañeras y a nuestra coordinadora, Chiara. Lo escribí como un cuento de hadas: cada una de nosotras se convertía en una princesa y su nombre se transformaba en un nombre fantástico.

El corazón del ejercicio era la confianza. Una palabra sencilla de pronunciar y mucho más difícil de encarnar.

Aquella mañana nos llevaron a un gran salón de conferencias. Había un escenario bastante alto sobre el cual habían colocado una mesa grande. Una a una teníamos que subir a la mesa, colocarnos en el borde, de espaldas al vacío, con los brazos cruzados sobre el pecho. Del otro lado, todas las demás compañeras se colocaban en dos filas, formando una red con los brazos entrelazados para recibir a la compañera preparada para dejarse caer hacia atrás.

A continuación comparto algunos fragmentos que escribí sobre la vivencia de dos de ellas.

“Casi todas estaban allí, en el Salón Real, aquella mañana de viernes frente al Totem, en compañía de La Sabia. Aselí estaba allí. Había llorado mucho, incluso antes de subir las escaleras, y después más arriba, sobre la Roca Plana. Lloraba cuando se colocaba de espaldas al mundo que la esperaba allá abajo. Lloraba cuando cruzaba los brazos y apretaba las manos, como queriendo aferrar el aire. Lloraba, lloraba.

Quizás al cerrar los ojos, el miedo se hizo más visible en aquella inmensa oscuridad, como una noche sin luna. Fueron diez segundos, tal vez veinte, tal vez una eternidad, antes de escuchar su voz herida y desesperada. Finalmente, un grito en el silencio: “Estoy lista para caer”. Al unísono, las Princesas no le dejaron tiempo para arrepentirse: “Estamos listas para recibirte”. Quién sabe si el corazón de Aselí sintió que el tiempo parecía haberse detenido, quién sabe qué fuerza interior le dio el impulso, el valor para lanzarse hacia abajo, un instante antes de decir “Caigo”.

La Princesa Aselí cayó en una red suave y segura. La esperábamos en dos filas con los brazos extendidos y las palmas hacia arriba, sin tocarnos unas con otras. Formábamos una red muy fuerte y resistente. Tejida de entusiasmo, de valentía, de tensión.

Después llegó nuevamente su llanto inagotable. Era como un río que fluía libremente, arrastrándolo todo y a todas. Sin embargo, de alguna manera, su llanto transportó a las Princesas hasta una orilla de alivio. Hasta la libertad que sabe ofrecer la expresión del dolor, del miedo y de la liberación. Ella, precisamente ella, con su casco casi impenetrable, la más fuerte de todas, la menos vulnerable, frente al Totem vio cómo su casco se derretía. Frente al Totem apareció su espléndida luminosidad.”

Scintilla es el nombre que le di a la coordinadora del grupo. Sobre ella escribí:

“El vuelo de Scintilla sorprendió a todas, especialmente a ella misma, porque aquel día no tenía intención de subir a la Roca Plana. De hecho, fueron necesarios más de tres intentos antes de que Scintilla se abandonara al vacío y la red recibiera el peso de su cuerpo. Finalmente, después de dudas, incertidumbres, angustia y miedo, llegó su salto. En realidad, fue un vuelo alto; ahora ya no decepciona a nadie y no se traiciona a sí misma.

Ayer estaba aquella joven hada que miraba hacia abajo, asustada y con un gran deseo de superar sus límites. Aquella que todavía no sabía hasta dónde sería capaz de elevarse. Años atrás, estaba allí frente al Totem, sin saber que cada salto significaba perder algunos pedazos de sí misma. Como cuando llevamos una maleta demasiado pesada. Durante el viaje, inevitablemente dejamos atrás aquello que no vale la pena seguir cargando.

Palabras de Scintilla: “Saltar es difícil. Sabes que ellas están ahí abajo para recibirte, pero aun así te detienes, hasta que sientes dentro de tu corazón el deseo de hacerlo. Precisamente el deseo de regalar el vuelo a estas diecinueve jóvenes que me esperan. Que creen en mí y, sobre todo, porque yo creo en mí misma”.

Fue una lucha contra la gravedad. Fue perder el control. Fue una caída que significaba un vuelo, porque nos dio alas.”

Yo también fui de las últimas en subir a la mesa. Como sucede muchas veces en la vida, esperaba sentirme preparada. Pero casi siempre nos damos cuenta demasiado tarde de que la preparación no llega antes de la elección.

Llega después.

En el mismo instante en que elegimos.

Es entonces cuando finalmente nos damos el permiso interior de atravesar un umbral. Después llega el valor de confiar, el inicio de un nuevo camino, esa parte de nosotros que estaba lista para emerger, nuestra luz capaz de guiarnos.

Quizás esta sea la pregunta más importante: ¿qué hacemos con ese miedo que nos bloquea? Yo conozco bien ese miedo. Me mantuvo encerrada durante años en un mundo hecho de concesiones, autosabotajes y continuas postergaciones.

Entonces, ¿cómo salir de una prisión así?

Quizás la respuesta sea no preguntarnos si estamos preparados, sino preguntarnos: "¿Cuál es el pequeño salto que la vida me está pidiendo ahora?"

El camino no aparece cuando el miedo termina. Aparece cuando elegimos dar el primer paso con el miedo todavía a nuestro lado.

Al final sucede al revés: primero nos dejamos caer, damos un paso hacia lo desconocido y, como le ocurrió a Scintilla, mientras caía dejaba ir partes de sí misma. Perdía cadenas, perdía ataduras, y después nos damos cuenta de que podemos volar.

En la base está la confianza. En la vida, pero sobre todo en nosotros mismos.

Después de tantos años todavía pienso en aquella red. Hoy sé que no estaba hecha solamente de brazos. Estaba hecha de vínculos. A veces el miedo nace de sentirse solos al afrontar un desafío. Sin embargo, siempre hay alguien que nos sostiene. A veces es una madre. Un padre. Una maestra. Una amiga. Un terapeuta. Un grupo. Nuestros ancestros.

Alguien que, con palabras o simplemente con su presencia, nos dice: puedes dejarte ir, nosotros estamos aquí.

Me han vuelto a la memoria los paracaidistas. Se lanzan al vacío no porque sepan qué ocurrirá segundo a segundo, sino porque han aprendido a confiar en algo que no pueden controlar.

Quizás la confianza sea precisamente esto.

No la ausencia del miedo.

Sino el momento en el que, a pesar de todo, logramos decir:

“Estoy lista para caer.”

Y la vida, siempre a su manera, responde:

“Estoy aquí para recibirte.”

Luz

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